Camino inglés, un itinerario bicéfalo

¿Está todo escrito sobre el hecho de viajar? ¿Hay algo nuevo que contar cuando alguien va aquí o allá? ¿Es posible descubrir un solo punto de la geografía que no figure en los mapas, que no haya sido divulgado en las redes sociales, que no aparezca en las publicaciones de papel?

Si haces las preguntas equivocadas tendrás las respuestas erróneas. Porque entonces es que no has mirado al mapa -¡mundial!- de los Caminos de Santiago. Y en ese entramado que más recuerda a una tela de araña que a otra cosa destaca una ruta jacobea pequeña, corta, provinciana porque no sale del territorio coruñés, de poco más de centenar y medio de kilómetros, histórica, que encierra gran cantidad de pequeños encantos artísticos y que, en fin, se ha convertido en la preferida de los peregrinos. No en números absolutos -destronar al clásico Camino Francés o al Portugués, reforzado con un itinerario turístico que bordea la costa, debe calificarse de mera e indeseable utopía-, sino porcentualmente: en el 2019 fue el que experimentó un mayor crecimiento, un 11,5 %. Y desde luego algo tiene el agua cuando la bendicen.

El Camino Inglés tiene la particularidad de ser bicéfalo, puesto que nace en A Coruña y Ferrol. Y siendo esto cierto, no abarca sin embargo toda la verdad: porque si en ambas ciudades atracaban en la Edad Media los barcos procedentes del sur de Inglaterra -de ahí su nombre-, ello quiere decir que los peregrinos procedían de algún sitio, resulta obvio que no todos iban a vivir en esos puertos. En efecto, sus residencias se hallaban dispersas por Inglaterra adelante y, además, a esas gentes hay que sumar las que arrancaban desde los países norteños de Europa. Estos últimos cruzaban esa parte del océano Atlántico con la pretensión de arribar en las cercanías de su punto de encuentro, la abadía de Finchale (noreste de la isla), fundada por el pirata reconvertido San Godric. Y tras descansar entre esos impresionantes muros descendían hasta el sur.

Y ya tenemos a esos caminantes en Galicia, ayer como hoy. ¿Más hoy que ayer? Sí, sin duda, pero en el siglo XIV sumaron decenas de miles, con momentos en que los barcos atracados en A Coruña se contaban por docenas. Y sin embargo hoy es Ferrol el punto de partida más buscado, porque se cuentan más de un ciento los kilómetros que lo separan del Obradoiro, una plaza que desde el siglo XX ha sustituido a la tradicional de Azabachería.

Que nadie espere enormes monumentos en el Camino Inglés. Este es el camino de lo pequeño, de lo entrañable, de los edificios de dimensiones humanas, de las pequeñas iglesias y capillas levantadas durante esa época de esplendor que fue el románico, aderezadas muchas de ellas con elementos barrocos.

La relación sería, sí, muy larga. Ahí están para demostrarlo las iglesias de San Francisco y la de Caranza, sin salir del término municipal de Ferrol. Después, el monasterio de San Martiño de Xubia o do Couto (que en su momento fue dúplice, aunque la excesiva mezcla de religiosos y religiosas produjo tal indignación en las altas esferas eclesiásticas que la peculiar comunidad acabó siendo disuelta), los dos templos de Neda, los pesos pesados en arquitectura civil que son Pontedeume y Betanzos -con el puente gótico sobre el Lambre entre una localidad y otra-, las iglesitas de Cos, Leiro y As Travesas, y la más humilde todavía de San Lourenzo de Bruma.

Es ahí, poco antes de Bruma, donde se dan cita los dos ramales, el coruñés y el ferrolano, perfectamente señalizados uno y otro de tal manera que la pérdida no entra en la categoría de lo posible. Quien sigue el primero habrá dejado a sus espaldas el histórico puerto de O Parrote, y también la magnífica iglesia de Santiago de O Burgo, su puente dinamitado por los ingleses durante la guerra contra Napoleón y reconstruido muchos años después, y el precioso templo de Sigrás y lo que queda del antiguo hospital de peregrinos.

Y, claro está, antes de poner los pies en el municipio de Santiago el caminante tiene que pasar el notable puente medieval de Sigüeiro. Porque todos lo buscaban y lo buscan: era y es la garantía de poder salvar el caudaloso río Tambre.

Este es, en fin, el camino que huye de las multitudes, donde charlar con las personas que trabajan en sus fincas (las populares leiras gallegas) es posible, donde la hospitalidad está garantizada por eso mismo, porque no hay muchedumbres y el contacto humano es posible. Un camino que en 1417 recorrió la peregrina inglesa más emblemática, Margery Kempe. Una pionera cuya memoria sigue viva en el Camino Inglés.